Comentarios en torno a la guerra y el secuestro de Maduro

Ni el unipolarimos gringo ni el multipolarismo de «los BRICS» se tratan de justicia o ley internacional.

En el primer caso, se trata de la mayor potencia mundial sintiéndose con el derecho de controlar al mundo.

En el segundo, las «potencias regionales» (aunque China es ya una potencia mundial) reclaman el derecho de controlar sus «polos», es decir, sus «zonas de influencia».

Regresamos al esquema que existía antes de la primera guerra mundial.

La «Sociedad de las Naciones», que fue una cosa horrenda e impotente que solo sirvió para cuidar que las potencias europeas no se pisaran demasiado los cayos cuando saciaran sus apetitos coloniales, desapareció cuando estalló la primera guerra mundial. Después de la segunda guerra mundial y la enorme destrucción que vio el mundo (culminada con las 2 bombas atómicas que aventaron los gringos sobre blancos civiles), las potencias vencedoras construyeron un andamiaje para no pelearse, la ONU y su carta constitutiva.

La ONU para nada fue exitosa en evitar la guerra o contener los apetitos coloniales, pero logró evitar la guerra abierta entre los dos polos que dominaron el mundo desde 1950 hasta 1989: la OTAN y el Pacto de Varsovia.

Tras la caída de la URSS, Estados Unidos se vio en una situación donde ya no necesitaba de ese andamiaje, y podía hacer lo que quisiera. El resultado fueron el secuestro de Noriega en Panamá (tan similar al de Maduro), y las guerras, abiertas contra Irak o Afganistán, encubiertas en el caso de Siria, Libia, Yemen, etc.

La expansión del poder de los gringos, así como el neoliberalismo y la tecnificación de la producción, fomentaron que se formara otro bloque, con China como centro, que se disputara el control del mundo, con un horizonte regional («multipolar»). Este bloque, a menudo llamado «BRICS», junta a actores muy distintos sin la unidad ideológica que tenían los bloques en la guerra fría: El conservadurismo Ruso, el hipercapitalismo con banderas rojas chino, la teocracia republicana iraní, el nacionalismo fascista de India…

La conflagración entre ambos polos («El Occidente» y «los BRICS») ya hizo a la ONU un lastre del pasado. Las Naciones Unidas fueron incapaces de detener la guerra en Ucrania, el genocidio en Gaza o Sudán, el bloqueo del Mar Rojo por Yemen, y ahora demostrarán de nuevo su impotencia con el secuestro de Maduro, una violación flagrante a la carta de las Naciones Unidas.

Esto es terrible porque lo que presagia es una nueva guerra mundial.

Por «fortuna» (lo digo con ironía), el enorme poder destructivo de las armas nucleares hacen de una nueva guerra entre potencias algo improbable, que las potencias querrán evitar porque no quieren ver su poder destruido en hongos nucleares. Pero la ignorancia y arrogancia de varios actores (hablando a nivel institucional, no solo de individuos) le ha quitado peso al miedo de una guerra nuclear. (Recordemos que billonarios como Mark Zuckemberg ya tienen sus magníficos bunkers para sobrevivir «el apocalipsis»).

Aún así, es mucho más probable que veamos una serie de «guerras proxy» antes que una guerra entre potencias, siguiendo el modelo de la guerra de Rusia y Ucrania. Apoyo masivo para que otro país, sin armas nucleares, ponga los muertos y las ciudades destruidas, mientras «sus aliados» les avientan todo el arsenal moderno disponible, con el objetivo de desgastar al otro bloque.

Lo que está pasando en Ucrania probablemente se repita en Taiwan en el futuro cercano, y el secuestro de Maduro es casi una «luz verde» para Xi Jinping.

«¿Si nadie respeta la ley internacional, porqué China tiene que hacerlo?». Esta pregunta ya es un tema en las redes sociales chinas. Así como Trump pudo justificar el bombardeo de Caracas con que una corte de Nuevayol había girado una orden de aprehensión contra Maduro, el gobierno de la República «Popular» China podría usar cualquier pretexto legal que emane de cualquier corte china para reunificar a la isla.

Esto nos presenta un panorama terrible, violento y asesino. Pero quiero cerrar con dos ideas.

La primera es que los proletarios no tenemos nada que ganar de las guerras entre potencias. No tenemos porqué afiliarnos a uno u otro bando. Nuestra guerra es contra «nuestra» clase dominante, no contra los soldados (también proletarios) de otro país.

La segunda cosa, que es terrible, es que la crueldad del capitalismo se verá de manera más y más descarnada de cara a la guerra. No solo por los muertos y la destrucción, también por la carestía que un «esfuerzo de guerra» impone a las clases populares, y la represión política que ésta conlleva. Y eso, terriblemente, es una oportunidad. Así como la descarnada primera guerra mundial fue el fermento que propagó una serie de levantamientos en Europa (las revoluciones rusa, alemana, húngara…), así, la nueva barbarie de los imperialismos en pugna verá nacer la resistencia y la organización del proletariado, en todas las fronteras.

El papel que tenemos aquellos que nos digamos revolucionarios, marxistas o anarquistas, es el de sacar consignas claras, impulsar estas luchas, llamar al derrotismo revolucionario y al fin de las guerras. Así como fue el papel de Karl Liebknecht y muchas otras en 1914.

¡¡Ni guerra entre los pueblos, ni paz entre las clases!!

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